Por Augusto Manzanal Ciancaglini
Politólogo
Dentro de las guerras que podrían ser llamadas pérsicas o iraníes, otro asalto sitúa a Estados Unidos y a Israel frente a Irán en una dinámica que oscila entre ataques y altos el fuego. En este aspecto, tampoco el nombre de este episodio termina por aclararse: tercera guerra del Golfo o guerra del Ramadán son algunos de los candidatos. Con relación a la última opción, dadas las conmemoraciones sagradas que convivieron con el conflicto y sus vaivenes, casi merece ser conocido como la guerra de los ayunos intermitentes.
Por lo tanto, se muestra como una contienda entrecortada en sus diferentes ingredientes, incluso en los resultados: la voluntad busca desenfrenadamente definir un triunfo o una derrota, pero ni siquiera ahí se encuentra la tranquilizadora exactitud. Es imperioso subrayar que las guerras, aunque posean un potente carácter lúdico, no se asemejan al deporte; la complejidad de sus causas, desarrollo y consecuencias se hace más inasible cuando los protagonistas se desbordan de sus fronteras. Los imperios no ganan ni pierden, sino que empatan la mayoría de las guerras que emprenden. He aquí la lógica de su esencia.
Es cierto que los bombardeos estadounidenses e israelíes fueron humillantes y afectaron gravemente tanto a la estructura militar persa como al poder del régimen, empezando por la muerte de Alí Jamenei. Por otro lado, la inicial respuesta de leopardo persa acorralado (que se manifestó en los ataques a buena parte de sus vecinos árabes) inyecta, más allá de las diferentes reacciones de los damnificados, una imagen deteriorada con forma de incómoda peligrosidad en los materialistas ojos del Golfo.
En torno a aquellas divergencias, Emiratos Árabes Unidos deja la OPEP, acercándose más a Washington y a su objetivo de disipar parcialmente la capacidad de maniobra de esta organización en cuanto al mercado del petróleo.
Con todo, Irán ha contestado al aislamiento regional, al acorralamiento militar y al estrangulamiento financiero ahorcando el estrecho de Ormuz: desesperación que irradia, al fin y al cabo, poder, puesto que de esta manera afecta a la economía global.
Siempre dentro del pródromo constante, donde se desarrolla la entretejida carrera de la sopa negra del apremio y del papel verde de la confianza, el juego de anillos está servido con Estados Unidos enroscándose, por fin, en su enemigo iraní. Este, a su vez, hace lo propio sobre sí mismo, mientras, gracias a Israel, enrolla su zona de influencia inmediata. La defensa mosaico le ha permitido, a través de sus varias capas, funcionar casi en automático: una descentralización para presentar cierta resistencia e intentar evitar el colapso.
Ahora bien, en este encrespado contexto, los nudos se embrollan con la siguiente respuesta estadounidense: el bloqueo del bloqueo. La realidad demuestra que, con pocos recursos tales como lanchas, minas o drones, se puede obstruir o perjudicar bastante el flujo de los chokepoints. Así también, los hutíes vienen a complicar la situación cuando hostigan Bab el-Mandeb y ponen en riesgo la válvula de escape saudí hacia el mar Rojo.No obstante, solo una talasocracia disfruta de la capacidad para rodear desde mar abierto y no atorarse en los estrechos.
En este sentido, con respecto a América, además de enlazar más a Venezuela y Groenlandia, Washington logra que se anule el contrato de una empresa china para operar dos puertos clave del canal de Panamá.
China—relativamente aquejada por la situación en Ormuz, bastante ofuscada por lo que sucede en Panamá y cuya peor afrenta simbólica se confirma en el estrecho de Taiwán—entiende el peligro de depender de estas vías navegables y no controlarlas. El congestionado estrecho de Malaca, el cual separa Indonesia y Malasia, con Singapur en su extremo sur, es la ruta más corta entre los océanos Índico y Pacífico, y, en consecuencia, por donde transita la mayor parte de sus imprescindibles importaciones petroleras y sus vitales exportaciones baratas; el dilema de Malaca persevera.
Así entonces, para Pekín, el bebistrajo que forman su inmadura armada y su falta de autonomía energética se sirve en el temor al sencillo bloqueo naval que el puerto pakistaní de Gwadar todavía no puede calmar.
La talasopolíticadesnuda la impotencia de las potencias cuando se embarran en tierra firme o se marean demasiado en alta mar. La superpotencia americana, amerizando con superprepotencia y más cómoda tanto en su florido patio trasero como en su desolada terraza, empantana, como siempre con la confusión que proyectan sus metas, en este caso en relación con la herida fiera persa que, tras tantos zarpazos, se aferra al estrecho de Ormuz.
Sea como fuere, cada uno sabe que, en gran medida, la amplitud del poder se calcula en los estrechos.
