Por Augusto Manzanal Ciancaglin
Los medios seguros, para los fines de seguridad, se enlazan en la consolidación de una superpotencia: las operaciones over-the-horizon, las cuales se sustentan en el ataque aéreo, el uso de drones y el despliegue de fuerzas especiales, hoy representan las acciones preferidas de Estados Unidos.
Todo dentro del concepto estratégico de offshore balancing, con el cual la talasocracia norteamericana pretende usar como escudo a sus aliados para que ninguna potencia rival desarrolle un dominio regional. De este modo, las fuerzas armadas estadounidenses solo intervienen directamente cuando es estrictamente necesario y con el menor coste posible.
En este marco, las campañas antiterroristas, los ataques quirúrgicos y la presión militar sostenida en el mar se han intensificado durante el 2025: tras un año en que se bombardeó Somalia, Irak, Yemen, Siria, Irán y Nigeria, el evento estelar de esta Administración llega en 2026: la extirpación del jefe de Estado de Venezuela, Nicolás Maduro, dentro de una operación militar relámpago precedida por una gran concentración naval.
Maduro, unas pocas horas antes del ataque, había sido visitado por el representante especial de la República Popular China para América Latina y el Caribe. Queda claro el mensaje.
Dentro de la lógica de no intentar suplantar repentinamente un régimen de más de 25 años, lo más curioso es que, entre espionaje, traiciones, hartazgo, desgaste y penuria, una Venezuela conmocionada mantiene una especie de sistema zombi, en donde la retórica bolivariana antiimperialista apenas intenta ocultar un vasallaje vergonzante: el chavismo se pudre en su propia salsa. Las banderas del desconcierto ondean tímidamente en un reclamo hacia el vacío, tanto como las del manido anhelo de una transición a la española.
La sofisticación, estratégica, militar y de inteligencia, se abraza con el tosco pragmatismo político de la hipocresía disimulada a desgana o de lo explícitamente oprobioso: regalos que se reciclan y objetivos brutalmente transparentes.
La situación de la empresa estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) es una metáfora de lo difícil que es hacer brotar a este país; extraer a su dictadorzuelo es mucho más sencillo que extraer su riqueza y su democracia.
Estados Unidos había descuidado, hasta cierto punto, a América Latina porque, después del derrumbamiento de la Unión Soviética y su propuesta ideológica, ningún país en la región podía significar una amenaza considerable, más allá del puñado de rivales y del vaivén del discurso según el color de los partidos políticos gobernantes.
La penetración china, además de otras cuestiones como el narcotráfico, la inmigración o la presencia rusa, obliga a enfocar la influencia aquí, subrayando los motivos de la Doctrina Monroe; el canal de Panamá es el mejor ejemplo.
En este contexto, la diplomacia se encarna en un rostro de nítidas intenciones: de Pompeyo a Marco Antonio. Sin embargo, Latinoamérica, así como Groenlandia y el Ártico, es simplemente un reflejo del punto clave del planeta en relación a la rivalidad de Estados Unidos con China.
Ese sitio no es Oriente Próximo, en donde la fragmentación de poder, la delegación en aliados y el debilitamiento de enemigos acomodan por fin su papel secundario.
Tampoco es esta Europa que busca cohesionarse más ante la amenaza rusa, el robustecimiento de la OTAN y los reclamos estadounidenses con forma de desdén.
Washington también necesita descansar aquí, dejando a los europeos bloqueando la presión rusa sin descuidar el flanco sur, dado que el yihadismo encontró en la inestabilidad y debilidad estatal del Sahel su ambiente más adecuado para sobrevivir.
El incesante seguimiento de lo que emite la Casa Blanca ha conseguido que incluso ahora la Estrategia de Seguridad Nacional genere interés: naturalmente en esta sigue siendo el Indo-Pacífico “el teatro decisivo de la competición económica y geopolítica del siglo XXI”.
De esta manera, se deja claro que las fuerzas estadounidenses deben prestar especial atención a la Primera Cadena de Islas, una línea estratégica que pasa por Japón y Filipinas, y en la que Taiwán representa un “punto de estrangulamiento geográfico vital”, puesto que su control es fundamental para la estabilidad regional. He aquí el espacio para merodear por aguas reclamadas por China y ponerle una barrera al Pacífico.
Esta contención marítima posee más capas de profundidad defensiva, y justamente en la Segunda Cadena de Islas se observa un ejemplo reciente de la relevancia de cada rincón en esta zona; Estados Unidos planea la modernización del principal puerto de Palaos, con el objetivo de facilitar el acceso de sus buques de guerra, lo cual está pensado para incrementar la capacidad de despliegue militar en el Pacífico occidental.
Todo mientras sacude los nexos de este pequeño país con el gigante asiático. Por el otro lado también la partida se juega desde lo minúsculo: Diego García, plataforma panorámica vital, pasa de manos para quedarse en el mismo puño.
China se mueve: sus tentáculos comerciales se solapan con inversión en infraestructuras y el cultivo de la trampa de la deuda, así se enroscan en los puertos; la observa desde cada choke point un inquieto Estados Unidos que se ondea a través de su enorme superioridad en cuanto a portaaviones y bases. Entretanto, la Pax Americana se proyecta como un díscolo espectáculo que aturde.
A pesar de las contorciones del presente, mientras la situación en el Atlántico-Pacífico no esté tan enrarecida como en el Indo-Pacífico, en el horizonte hay más tierras raras que una tierra rara. Augusto Manzanal Ciancaglin. Es politólogo y reside en Santo Domingo, RD.
