Augusto Manzanal Ciancaglini
Unidos, apoyado diplomáticamente por Egipto, Catar y Turquía, ha ganado esta guerra entre Israel y Hamás: Donald Trump arrastra las risas nerviosas, los excitados aplausos y todos los titulares; más allá del continuado e insuperable liderazgo de Estados Unidos, el mundo nunca había proyectado tan nítidamente la imagen de una empresa global en donde los jefes regionales orbitan alrededor de un indiscutible CEO. Mucho pragmatismo, con algo de vergüenza ajena, flota en este cuadro.
Las palabras de Hun Manet, el primer ministro camboyano, sirven como resumen de esta situación: luego del fin del último conflicto fronterizo con Tailandia, declaró que Trump debe ganar el Premio Nobel de la Paz, dado que su “diplomacia innovadora” contribuyó a poner fin a las hostilidades también allí.
La guerra, que comenzó con la peor masacre de judíos en un solo día desde la Segunda Guerra Mundial y terminó con la destrucción de Gaza, espera ser canalizada hacia la paz a través de una misión internacional de estabilización, la cual debería servir como punto de partida de una tecnocracia para la reconstrucción por fuera de Hamás.
Con un Estado palestino cada vez más reconocido en el plano diplomático y cada vez menos reconocible en el plano geográfico, la transición política encuentra muy debilitado al grupo terrorista, y lo más importante es que lo mismo le sucede a su patrocinador persa. En ese sentido, también Hezbolá se halla en horas bajas. Con todo, Hamás probablemente mantiene todavía la capacidad de irradiar su influencia; su plasticidad operativa le podría permitir permanecer agazapado y recuperarse sin la carga de las responsabilidades de gobierno. Ya se verán las formas del próximo conflicto.
Por su parte, Israel, ante este contexto actual, y con la certeza de que el rostro árabe predominante ya no es el de Bashar al-Ásad, Sadam Husein o Muamar el Gadafi, puede reflexionar y aprovechar el momento para impulsar sus objetivos estratégicos en la región, esto entre disculpas a Doha y un poco de más acatamiento de lo que dice Washington, es decir, a través de un imprescindible torrente de realismo. Además, las zonas colchón se han complejizado, multiplicándose en pequeñas acciones móviles.
Con esta realidad provisional en Oriente Próximo, el debate político occidental, jugando con sangre ajena, ha solidificado la revolución ideológica o el intercambio narrativo de los polos. Los herederos ideológicos de quienes han torturado a los judíos durante siglos hoy defienden su Estado vehementemente. Por otro lado, con tal de que desaparezca ese Estado, aquellos que pregonan determinadas ideas en casa, se alinean con quienes implacablemente se las llevan por delante. Unos sitúan al chivo expiatorio integral como la vanguardia de esta época, los otros lo señalan como un opresor volcando toda la huérfana frustración revolucionaria en forma de odio, usando a los palestinos como merchandising encarnado. Lo que no cambia es que el judaísmo sigue siendo la herramienta simbólica preferida.
Es de amplitud intelectual interesarse por eventos lejanos y de salud democrática indignarse con el comportamiento de gobiernos, militares o terroristas. Sin embargo, la pasión descargada de conocimiento, que solo se enciende en un sitio, ilumina muy claramente las intenciones, las cuales, ante las pausas informativas, terminan encontrando otro instrumento.
Por lo pronto, el mundo sigue girando y la estulticia digitalmente enredada, guste o no, engrasa. No obstante, la distensión en Oriente Próximo se deslizará mejor mediante una reducción de su protagonismo virtual. Augusto Manzanal Ciancaglini es Politólogo.
